
La artista británico-estadounidense convierte el vidrio fundido y el espejo en herramientas para explorar la percepción, la identidad y nuestra relación con la belleza. Sus obras seducen a primera vista, pero esconden preguntas mucho más profundas.
¿Qué ocurre cuando el vidrio deja de ser transparente y empieza a devolvernos la mirada?
En la obra de Joanna Manousis, una de las voces singulares del vidrio contemporáneo, el material adquiere una dimensión que va mucho más allá de la técnica. Vidrio fundido, espejo, objetos cotidianos y formas naturales se convierten en un territorio donde la belleza convive con la inquietud.
Manousis trabaja con el reflejo como quien abre una puerta. Sus superficies espejadas no siempre ofrecen una imagen nítida: la fragmentan, la deforman y la transforman según la posición del espectador. El espejo deja así de ser una superficie plana para convertirse en parte de la propia escultura.
Y ahí sucede algo esencial: dejamos de mirar la obra desde fuera y pasamos a formar parte de ella.
Esta relación entre vidrio, reflejo e identidad atraviesa una práctica que cuestiona nuestra fascinación por la belleza y por los objetos que intentamos conservar. Sus piezas pueden parecer delicadas, preciosas e incluso familiares, pero bajo esa apariencia aparece una reflexión sobre el tiempo, la memoria, el deseo y la fragilidad.
El vidrio resulta especialmente poderoso para esta investigación. Es transparente y sólido, frágil y resistente, capaz de conservar una forma y, al mismo tiempo, alterar aquello que vemos a través de ella. Manousis aprovecha esas contradicciones para construir esculturas que hablan de nuestra propia impermanencia.
Su investigación sobre el vidrio fundido y el espejo tridimensional amplía además las posibilidades de la escultura contemporánea en vidrio. El reflejo ya no pertenece a un objeto externo: está atrapado dentro de la materia y cambia con nosotros.
Quizás esa sea una de las mayores virtudes de su obra. Joanna Manousis no utiliza el vidrio solo para crear objetos bellos; lo convierte en una herramienta para hacernos conscientes de nuestra propia mirada.
Frente a sus esculturas, la pregunta deja de ser qué estamos viendo.
La pregunta es qué vemos de nosotros mismos cuando el vidrio nos devuelve la mirada.




















